Hola de nuevo!
Otra página más, otra historia ke kontar…
Y nunka mejor dicho! Akí, en esta página, iré publicando, poko a poko y dependiendo del estado de ánimo ke tenga, algunas de las historias (o paranoias) ke a veces me da por eskribir, así ke nada, espero ke os gusten
Si a alguno de vosotros os gusta eskribir, o simplemente alguna vez, de punto, eskribísteis algo ke os gustó y keréis kompartirlo, mandadme un mail (o eskribirlo en un komentario) y os lo publicaré akí, sin problemas
A disfrutar!!!
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La Carta Negra.
Capítulo I: El Ejército de Negro

Parecía un tipo muy normal, claro que hay que tener en cuenta que cuando acepté su ayuda, apenas había fijado mi mirada en él 2 segundos, por encima de mi hombro.
Miré a mi colega buscando su aprobación, esta se dedicó a elevar sus hombros y sonreír, de modo que el tipo en cuestión, se abrió paso entre nosotras dispuesto a salir de aquella taberna. Miré a mi socia, aún no sé describir a ciencia cierta lo que me mostraban sus ojos, pero tenían un brillo especial mezcla de miedo, curiosidad, incertidumbre quizás y mucha, mucha adrenalina. Por su expresión, puedo deducir que los míos devolvieron un reflejo similar. Nos dispusimos a seguirle.
No me lo podía creer. Esto no podía estar pasando. De todos los tipos que había en esa maldita taberna, de todos los tipos que podían saber algo sobre La Carta Negra, tuve que hacerle caso al único yonki que había entre ellos. Joder. ¿Y ahora qué?
Me giré a mi socia con mirada interrogante. Esta aún permanecía recuperándose de la visión que nos sorprendió al salir del bar: el susodicho agachado junto a unos contenedores cogiendo una bici, a la vez que dirigía su rostro hacía nosotras mostrando su falta de dientes. Me miró, y pareció leer mis pensamientos. Me sonrió y pude leer de sus labios un “probemos”.
Y unos minutos después, allí me encontraba yo, siguiendo a un tipo que se hacía llamar Manila, por las calles de Zafra, un pequeño pueblo con complejo de ciudad situado al sur de Extremadura, dónde las pruebas nos habían guiado en nuestra búsqueda de la verdad.
Si lo que queríamos era pasar desapercibidas, desde luego no lo conseguimos. O al menos esa fue la impresión que me dio cuando recorrimos todo el pueblo con el chico hablando sobre sus plantaciones de marihuana y otras fechorías a grito pelao.
Por fin parecía que nos acercábamos a algo interesante. Frente a nosotros, El parque de las palomas, o como familiarmente lo llamaba nuestro amigo, “El parque de los porretas”.
Habiendo entrado ya la noche, el lugar tenía cierto aire misterioso, añadiendo al decorado una suave niebla herencia de las frías noches invernales de aquellas tierras. Apenas había luces, ni gente. A lo lejos se podían distinguir un par de grupos, uno a cada lado del paseo central que atravesaba el parque.
Llegamos a la altura de los primeros, que nos miraron desafiantes, con sus sonrisas burlonas pretendiendo intimidar. Nos paramos y el Mani, como insistía en que le llamásemos, se acercó a ellos. Intercambió unas palabras con el que parecía el cabecilla, el cual borró su sonrisa, asintió y estrechó su mano con respeto. El Mani se dio la vuelta y siguió andando. Le seguimos unos pasos por detrás, nos manteníamos alerta, no queríamos sorpresas y la verdad, es que aún no nos fiábamos de este tipo. Había mucho en juego.
Sentí un cambio de actitud en mi compañera, parecía nerviosa. Intentaba decirme algo pero no lograba entenderla, me giré para mirarla y entonces me puse alerta. El grupo al que habíamos pasado, nos seguía en silencio, con cautela, replegados por completo, como si pretendiesen que no pudiéramos escapar. Paramos nuestros pasos, sabíamos qué hacer en estos casos, para algo habían servido las horas de duro entrenamiento. Estábamos dispuestas a luchar, pero entonces, al girarnos para encarar al grupo, se detuvieron todos, el cabecilla dio un paso al frente mirándonos a los ojos, y sonriendo amigablemente, levantó el mentón orgulloso y llevó su puño izquierdo hacia su hombro derecho. Un segundo después, el resto del grupo lo imitó.
Boquiabiertas, giramos nuestros rostros hasta el Mani, que unos pasos más adelante, nos miraba sonriendo.
M: Otra prueba más de que la leyenda es cierta. – dijo en actitud seria – Y la leyenda decía que la liberación llegaría de la mano de Las Enviadas, dos guerreras que serían respaldadas por el Ejército de Negro. – sonrió divertido – Os estábamos esperando.
-.-: ¿El Ejército de Negro? – pregunté entre incrédula y burlona – ¡Oh, vamos! Haz el favor de no contarme historias. ¿Cómo conocen el saludo de…?
M: ¿Me estás llamando mentiroso? – me cortó enfadado – Qué pasa… ¿Qué no te fías de mí?
-.-: No es eso Mani… – contesté cambiando mi actitud, no me apetecía discutir con un yonki, y mucho menos cuando era la única pista decente que habíamos encontrado desde que llegásemos. – Pero…
-.-: Nadie nos ha informado de vuestra presencia aquí Mani. – contestó con seguridad Rodríguez, mi compañera. – Esto no es un juego, es una guerra. Hay demasiadas vidas en juego cómo para cometer fallos. No podemos fiarnos de cualquiera.
Mani resopló resignado, bajó la mirada unos segundos tras los cuales volvió a subirla para posarla alternativamente en las nuestras. Se giró, silbó y volvió a quedar frente a nosotras. Segundos después, el grupo que se encontraba más alejado, se acercaba hacía nosotros.
A unos 20 m de donde estábamos, el segundo grupo se paró. El Mani hizo una señal a ambos cabecillas a la vez que se acercaba a nosotras.
M: Está bien. Les daré las pruebas que quieren. – nos miró con seriedad mientras los cabecillas terminaban de acercarse.
Miré a mi compañera con orgullo. Era buena negociadora. Siempre conseguía intimidar al contrario de tal manera que acabábamos consiguiendo lo que queríamos. ¿Su secreto? La observación. Bueno, y el morro, tenía respuesta para todas las preguntas.
C1: Señor. – saludaba enérgicamente a la vez que volvía a realizar el saludo con su puño izquierdo.
M: Cambio de planes. – espetó molesto – Coge a tu unidad y dirigíos a la Zona de Intercambio. No hagáis nada, sólo estad atentos a cualquier movimiento y esperad a que lleguemos. – tras unos segundos de silencio – En ese punto retomaremos de nuevo los planes, ¿entendido?
C1: Sí señor. – contestó y acto seguido se giró y se marchó con su “unidad”.
M: Unidad 2. – llamó al segundo cabecilla, el cual se personó con el mismo saludo que su compañero. – Coge a 3 de tus mejores hombres y síguenos de cerca. Con discreción, pero de cerca. – al ver la cara de incomprensión del cabecilla añadió resignado – Voy a llevarlas a Agustín, sólo él puede convencerlas. No hay tiempo que perder.
C2: Entendido señor.
M: Bien. Manda al resto de los chicos en avanzadillas de informadores. Cuatro grupos de dos. – lo señaló con el dedo amenazante – Quiero estar informado, ¿de acuerdo?
C2: Sí señor.
M: Venga, largo. – volvió a girarse hacía nosotras, meras espectadoras hasta ahora, aunque causantes de todo. – Bien, si queréis fiabilidad, la vais a tener. Seguidme.
Próximamente: Capítulo 2: La Orden de los Justos.
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Sin palabras
Al principio me defraudó, supongo que por el miedo que da salir del calor del nido, esta nueva vida no tiene nada que ver, todo es grande, inmenso y lleno de vida… hasta tú mismo. Cuesta acostumbrarse a la dependencia de la serpiente de metal que atraviesa las ciudades como esta. Acostumbrarse al los atascos, semáforos, gentes corriendo de un lado a otro, bicicletas, aviones… Con el tiempo llega la bici, otro mundo… tu billete de vuelta a la infancia, tu otra infancia. Impensable hace años los largos viajes en bici que he vivido en los últimos días. Todo es nuevo. Diferente. Interesante.
Sin abrigo, nada donde cobijarse. Acojona, lo digo. Algo más habrá si no lo he dejado ya. Estoy creciendo, lo se, lo siento. Todo va a terminar, es algo inminente. Dos años, y el segundo, a medias… Seguiré aquí, seguiré descubriendo la ciudad, seguiré sentándome a escribir los días que más os heche de menos… a vosotros, mis pequeños castúos.
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Inseguridades
Se encerró en la habitación. Húmeda, pequeña, cuadriculada, desordenada.
Estaba aturdido, tenía un extraño dolor en el pecho: el dolor del miedo. Sentía ganas de llorar, y en su cabeza no dejaban de repetirse, una y otra vez, las palabras que minutos antes le había dicho Antón, su psicólogo: “Tienes muchos miedos, más miedos que ilusiones”.
Se acercó a la ventana, y al observar su reflejo en el cristal, una lágrima rodó por sus mejillas (¡Mierda!). Dejó caer la persiana. – A oscuras se está mejor – Se dijo mientras se sentaba en el suelo y luchaba por reprimir el llanto.
- ¿Cómo enfrentarme a mis miedos? ¿Cómo superarlos? Para eso tengo que aceptarlos, y para aceptarlos tengo que conocerlos… si los conozco, quizás mi vida me parezca una mierda, quizás ya lo sea… quizás no pueda superarlo, y me hunda… ¡Joder! ¡No puedo pensar! – Escondió la cabeza entre sus piernas, se acurrucó y dejó que las lágrimas cayeran.
El frío lo desperto de su letargo, se había quedado dormido allí, en el suelo, al pie de la cama. Su piel, aún mojada por las lágrimas que horas antes habían desahogado su alma, retenía las marcas de las baldosas.
- Esto va a ser duro, – pensó mientras se levantaba – pero hoy me siento con fuerzas para enfrentarme a todo, ¡vamos! – Subió la persiana hasta arriba, corrió las cortinas y dejó que los rayos del sol iluminasen su refugio.
Seguía recordando las palabras de su psicólogo, pero ya no tenía miedo, sólo intentaba encontrar el motivo de sus temores.
Aunque no quisiera, llegaban a su mente recuerdos de su infancia. No tuvo una infancia fácil, y siempre temió que ello le dejara consecuencias, quizás fuese la raíz de sus problemas.
Llevaba años sin recordar esa parte de su pasado, casi los mismos que le había costado ocultarlos en lo más profundo de su cerebro. Café en mano, sentado a la mesa, ante un folio en blanco, comenzó a anotar todos esos recuerdos. Si después de su última terapia habían reaparecido, sería por algo. Se propuso averiguarlo.
Risas, llanto, gritos, rabia, impotencia, incomprensión, soledad, dolor… sobretodo dolor, era lo que más recordaba.
Se sintió agotado, el recuerdo del dolor que había viajado incansablemente dentro de su cabeza y esta autoterapia improvisada, habían acabado con sus energías. Estaba triste, y desolado, y un dolor, creciendo desde el pecho hasta la garganta le hizo gritar:
- ¿¡Es que nunca voy a superarlo!? ¿¿Cuándo coño voy a poder ser YO?? – Tiró el bolígrafo, se levantó. En el armario guardaba su medicina, esa que nunca le fallaba.
Fumó para olvidar, para sentirse bien, para evadirse de sus preocupaciones. Absorbió cada calada como si fuese la última, saboreando cada gramo de humo que entraba a sus pulmones. Dos minutos más tarde sintió cómo le pesaban los párpados, ya no existía nada a su alrededor, y los pensamientos fluían a tal velocidad que era casi imposible procesarlos. Entonces lo vió claro, sus miedos estaban más que fundamentados. Pero consecuencia y riesgo van siempre cogidos de la mano. Aspiró la última calada, dejó caer la ceniza y comenzó a reir sin parar.
(A Ana, porque sus palabras me ayudaron a comprender que no hay que tenerle miedo al Miedo. Gracias Socia
)
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Soñando
Silencio. Una habitación con dos puertas, cerrada. Dos ventanas centrales, una de ellas, semiabierta, para la ventilación, imagino. Observo. Dos paredes completas, enteras, cubiertas de estanterías. Las estanterías, en su mayoría, están llenas de libros, en ciertas partes estratégicas hay situados otro tipo de objetos.
Justo frente a mi, una extraña caja, con uno de los lados de cristal, me resulta familiar… pero no consigo recordar qué es. Proyecta imágenes… y sonido, pero a penas puedo oirlo…
Más arriba, en otro hueco de las estanterías, dos lápices, ¡gigantes! ¿¡Qué coño significa eso!?
Miro a mi alrededor, de nuevo. En la parte más alejada de la habitación hay una cama, con sábanas limpias, recién puestas… sólo mirarla parece que la oigo llamarme. Creo que voy a dormir un poco. Me equivoco. Un leve raspajeo rompe el silencio, viene del suelo. Miro. Peligrósamente cerca del lugar en el que me encuentro (un enorme y cómodo sofá de dos plazas situado, como dije antes, frente a la caja emisora de imégenes y sonido), hay una caja, de cartón. Delante de la caja, un pequeño bote lleno de un extraño líquido blanco, y una jeringuilla. ¿Qué cojones está pasando? Hay una fuente de calor… ¡no! ¡Hay dos fuentes de calor! Ambas se encuentran en las estanterías, mirándome fijamente con sus largos y delgados ojos anaranjados… (Por cierto, ¿qué pasa con el dos? ¿Es que no hay más números?) Otra vez el ruido, ese raspajeo… proviene de la caja, la del suelo, digo, porque… ¿cuántas cajas hay?
La abro. Hay poca luz, no veo. Busco otra lámpara. La enciendo.
Sí, así ya veo mejor, ¿sabéis cuantas lámaparas he tenido que encender? No son dos. Sólo he tenido que encender una, la segunda ya estaba encendida, ¿cómo sino iba a poder ver las cosas que me rodeaban? Vuelvo a abrir la caja.
No me lo puedo creer. Impresionante. Ante mi, dos diminutos y extraños seres, habitantes de la caja de cartón. No sabría describirlos, y aunque me inspiran ternura (no sé porqué), su aspecto de bola peluda me resulta un tanto repulsivo.
No dejan de moverse. Emiten ruidos extraños. ¿Será esta otra caja emisora de imágenes y sonido? ¿En vez de con personas, con seres extraños? Veo un papel. Parece una nota. Está encima de un minibar cargado de cafeína y thc. También hay agua, y dos vasos (¡vaya! otra vez el dos…) Cojo la nota.
“VIGÍLALOS. DALES DE COMER A
CADA 2 HORAS. NO TE DUERMAS.
CALIENTA LA LECHE ANTES.
ESTÁ EN EL BIBERÓN, DELANTE DE LA CAJA.”
¡Estupendo! Parece ser que soy la niñera de dos bolas de pelo repulsivas que comen a cada dos horas. (¿Dónde coño estoy?)
Se oye música. Está lejos, pero se va acercando. Mientras más se acerca, más confusa me siento. Todo se está oscureciendo, casi no puedo pensar. Todo es negro…
Abro los ojos. ¿Qué ha pasado? ¿Porqué hay tanto ruido? ¡Mierda! Me he quedado dormida estudiando. ¿Qué he soñado? No recuerdo nada… ¿Porqué hacéis tanto ruido enanos? (¿Qué hora es?) ¡¡Joder!! ¡Los gatos! No puedo tener a tres crías de gato maullando de hambre a estas horas… las dos.
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Surcos de la vida
Mil años parecían haber pasado. La última vez que escuché brotar el agua de la boca de aquella fuente, era un sonido armónico, melodioso y juvenil. Esta vez, el agua al caer, transmitía duros y melancólicos recuerdos.
Pude entonces, leer el dolor y los transtornos causados por el tiempo en el corazón de aquel manantial de agua fresca, ya se veían los deterioros, los surcos en la piel, dura y curtida por el paso de los años, que hacían de su aspecto algo interesante, no una simple fachada de hormigón…
Pero, ¿qué son los surcos sino el recuerdo de un pasado que la ha hecho feliz a base de palos? Felicidad reflejada en ese rostro, que aunque parezca de piedra, es capaz de llorar. Felicidad que con el paso del tiempo le ha dejado huellas, porque se acerca el fin, su fin. Pero el tiempo se niega a que olvide que los días pasados en que lucía rostro recién pulido, no eran mejores, sino diferentes, y más ingenuos. El tiempo, reflejado en su piel, solo pretende que comprenda que cada sonrisa y cada lágrima, han de dejar huella para hacerle recordar que cuando sonrió, fue feliz; cuando lloró, se hizo más fuerte.
Cada minuto de su vida fue importante, no solo para ella, también para todos aquellos que formaron parte de su vida, desde el pajarillo que se posaba para beber de sus palabras, hasta el paseante que en mitad de su camino, paraba para descansar en su regazo.
Y con lágrimas en los ojos, y casi sin palabras, le preguntó al tiempo: ¿y la muerte? ¿Qué es la muerte?
La muerte, amiga, no es más que el fin de la historia escrita en tu rostro. La herida que todo buen libro deja en el corazón de todos sus lectores cuando finaliza. La muerte, es el fin de una vida, y el recuerdo permanente de aquel que la ha vivido.
Entonces, la fuente cerró los ojos, dejando caer dos lágrimas, una pequeña sonrisa iluminó su rostro, y su voz, su voz durmió para siempre.

uis uis…. esto me lo tengo ke leer kon kalma!!! sabes ke me pirra lo ke eskribes xoxo!! muaks
gracias
… ya sabes, algún día se llenará un poko más. Ahora, sólo hay demasiadas historias sin akabar… a veces me da la impresión de ke mi musa se ha pirao kon otr@… ¿kien koño necesita una musa?
besos.
de todo lo q as escrito..algo q comentar q no te aya comentao ya…pos referirme a la frase “¿cuando coño voi a poder ser yo?”eso es dificil amiga…si fuesemos ya ese “yo” q todos tanto ansiamos…esta vida seria una puta mierda:lo tendriamos todo, lo sabriamos todo, seria la vida mas aburrida i sinsentido del mundo a la par q imposible porke nunka estamos satisfechos, i eso es weno; es bueno porke nos ace despertarnos para aprender lo q toavia no sabemos, para vivir lo q toavia no emos vivido, para conseguir lo q todavia no tenemos i tanto keremos…Aun asi, TU ya eres TU, un TU q va cambiando cada instante, haciendose mas TU, creciendo… i ske compi, como ya dijo manu chao un dia…ese colega tiene 46 takos i aun no se considera un adulto…!!!gracias a ti socia…por kerer seguir creciendo.
Tan pekeña y no has dejao de enseñarme kosas kaniha! kon gente komo tu a mi lao, es imposible ke se me kiten las ganas de seguir kreciendo, y aprendiendo
)
…. kuídate.
Sólo decirte ke me alegro de haberte konocío más y mejor en este tiempo, ke hace muxo ke dejaste de ser “la hermana de M***”, para ser simplemente Ana (mi psikoanalista de mierda
Y nada niña, ke no kambies, y no dejes de krecer, ke el tiempo pasa mu rápido y antes de darnos kuenta ya estaremos kon nuestras conversaciones metafísikas entre birra y birra
besos.